Cafe El Mirador
Sentado junto a la ventana del viejo café, observe a los desprevenidos transeúntes correr bajo la lluvia. Era un espectáculo digno de ver: apresurados, torpes, enojados, maldiciendo entre dientes sin mirar a quien tenían al lado, simplemente presurosos por llegar a resguardo, parecería que un poco de agua fuese el fin del mundo. Revolví sonoramente mi cappuccino, pero nadie parecía percatarse de mi presencia, como si aquel rincón de “El Mirador” estuviese vacío, como si la silla en la que me hallaba sentado se hallara sola y abandonada. Rei ante la ironía de aquel nombre: un mirador evidente desde el cual miraba a hombres y mujeres como si fuese la pantalla de antaño.
Sorbí lentamente el contenido de la taza, agradecido por
el calor que inundaba mi cuerpo en aquella tarde tan fría. Mi trabajo era una
tarea poco común. Uno en el que se necesita aislamiento y confidencialidad. Me
hubiese gustado saber que era tener una esposa, hijos, una rutina, una casa, un
auto y un perro inquieto que me recibiese al llegar. Recordé entonces a mi fiel
compañero de infancia, Pupi, aquel animal que siempre estuvo a mi lado tanto en
las buenas como en las malas. También evoque los rostros de mis antiguos
amigos, esos con los que jugaba bajo un anciano roble, los mismos que me
abandonaron y que ni siquiera se molestaron en bajarme del mismo árbol, pero
esta vez sosteniendo una soga que se enroscaba en una de sus ramas como una
voraz serpiente. Conocían mis intenciones, mi desesperación, mi agonía, pero
poco les importaba o simplemente les era más como ignorarme.
_Bestias inutiles_escupi con asco_ ¿Que desperdicio de materia y energía para hacer aquella manada de idiotas inservibles? La mayoría de ellos se hallaría ardiendo en el mismísimo infierno. Tantas personas deseando vivir y este grupo de hipócritas disfrutando de las maravillas del Creador.
Había cesado de llover y las personas que aguardaban
refugiadas bajo los toldos comerciales, se lanzaron nuevamente a las calles,
alborotados y ansiosos, como si el reloj con su incesable tic tac los persiguiera,
recordándoles su inescrutable paso. Se empujaban como hormigas desconcertadas,
saltando los charcos, aferrados a sus celulares sin mirar a la persona que tenían
al lado. Un joven ciego, empapado de pies a cabeza, esperaba el sonido de
alarma del semáforo para cruzar en la esquina. Nadie notaba su presencia,
absortos en las malditas pantallas o haciendo confusos ademanes mientras
trababan conversaciones sin importancia. Uno a uno
pasaron junto a este muchacho y nadie hizo nada. Me hubiese gustado darles una bofetada a cada uno y gritarles en la cara
que la vida pasa pronto, que es un bien muy preciado que pocos tiene la gracia
de disfrutar a plenitud. Cuando estaba por ponerme de pie para correr en su ayuda,
la vi. Era una mujercita menuda, vistiendo unos jeans gastados y una camperita
deshilachada. Llevaba un paraguas medio desarmado en una mano y una mochila
andrajosa colgando del hombro derecho.
_Permítame- le dijo con dulzura, y ambos cruzaron la
calle ante la vista de una multitud despreocupada por los demás, pero atenta a sus
necesidades más inútiles.
Todavía había esperanza para un mundo agonizante resumida
en la menuda figura de aquella muchacha Dejé la habitual propina al mozo del
Mirador y emprendí mi camino. Un hombre enfurecido paso junto a mí, como un vendaval
y lo empuje hacia la pared con brutal violencia. Escuche unos cuantos insultos
hacia mi persona (cosa que francamente me importaba un comino), cuando un
automovilista borracho se subió a la vereda salvando su vida de milagro. Posteriormente
un niño jugaba con su celular mientras su madre conversaba con una amiga sin
prestarle mayor atención a su hijo. Dándole una palmada en la espalda, obligue
al pequeño a caer al suelo sobre el móvil telefónico, al mismo tiempo, un ladrón
cabizbajo pasaba junto a la mujer refunfuñando por haber perdido su botín.
La muchacha dejo al ciego en la vereda contraria, se acomodó
la mochila y camino hacia el sur con las manos en los bolsillos del pantalón,
mientras tarareaba una melodía pegadiza. La seguí por un par de cuadras imaginándome
como seria mi futuro junto a una chica así, simple, bondadosa, sin prejuicios,
dispuesta a ayudar sin pedir nada a cambio. Esboce una sonrisa traviesa,
aquellos pensamientos entibiaban mi alma dándome una sensación de extraño
bienestar.
Mis responsabilidades me devolvieron a la realidad y al café
El Mirasol. Regrese a mi ubicación habitual, dejando tras de mi a la dueña de
mis pensamientos.
Escuche tras de mi a un hombre decir:
_Si no hubiera sido porque me caí como un idiota, aquel
auto me hubiera atropellado. Juraría que alguien me empujo, pero no vi a nadie.
Fue un golpe de suerte, sino no estaría aquí.
_Y Lucas se salvó de que le arrebataran el celular. Cayo
de panza al suelo, cubriéndolo con su cuerpo. Deci que no se lastimo nada, solo
un susto...nada más, querido_agrego la mujer sorprendida ante los recientes
sucesos.
Yo pedí una lagrima. El mozo ni se acercó, pero la bebida
humeante ya se hallaba sobre la mesita de madera, en el mismo rincón olvidado
del viejo café. Las personas entraban y salían como si fuese una película, pero
esta vez, en cámara rápida. Las agujas del reloj en la pared giraban raudamente
y con ellas, se iban mis sueños.
Nadie me veía, porque nadie puede ver a los ángeles,
somos seres etéreos, intangibles, somos energía invisible con una misión específica.
La mía es salvar a los mortales, darles un pequeño empujón para evitar un
destino malvado, desde el anonimato, sin esperar nada a cambio. Entonces la vi
entrar por la puerta del Mirador, con la misma mochila
y la misma mirada indulgente dirigida hacia MI, esbozando su mejor sonrisa
y recorde entonces lo que significaba VIVIR.
Autor: Laura Edith Corral
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