El precio que debo pagar
Capítulo 3
EL PRECIO QUE DEBO PAGAR
“Ni la ausencia ni el tiempo son nada cuando se ama.”
Alfred de Musset
Absorto en mis pensamientos más profundos, perdí toda noción de tiempo y espacio. No era un hombre prejuicioso, tal vez un tanto anticuado, mi propia existencia demostraba que lo increíble era posible. Sin embargo, muchas veces, me costaba depositar la confianza en alguien más. Sabía lo que era la traición, el abandono y el desprecio. También conocía la vanidad, la cobardía y la culpa, sobre todo, la CULPA. Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando el teléfono vibro en mi bolsillo ¿quién seria a estas horas de la noche?
_La gitana…
_Buenas noches, perdón por la hora. No es mi intención molestarlo aunque puedo adivinar que es un hombre de hábitos nocturnos.
_Así es. Me extraña su presencia por aquí _agregue mientras intentaba adivinar que deseaba .Vestía exageradamente y, obviamente le resultaría difícil pasar inadvertida, pero a ella parecía importarle poco .Con un además cortez la invite a pasar, lo que hizo con lentitud mientras observaba disimuladamente a su alrededor.
_Estamos solos _murmure _Pero no se preocupe, no es mi intención aprovechar la situación…hace tiempo que abandone ciertos hábitos así que puede hablar con confianza .No le voy a decir que no me extraña su presencia aunque puedo intuir algo.
_Bueno, lo pensé mucho antes de venir pero me parece que es mejor ir directo al grano: necesito saber más de usted porque no puedo enviar a alguien como usted a un viaje tan desconcertante como este sin traer consecuencias… ¿me explico? Sin ánimos de ofender, por supuesto, pero yo necesito saber sus razones y que me cuente todo con absoluta franqueza. Después de todo, se trata de su vida y de la de muchos más. Siempre hay consecuencias, nuestros actos pueden afectar a los demás y no deseo tener en mi conciencia nada oscuro, ya bastante cosas extrañas he vivido en mi vida para agregar otra piedra a mi costal.
Aquella mujer sí que tenía coraje y eso debía reconocerlo, por lo tanto, era justo una conversación franca.
_Siéntese, por favor. ¿Desea algo de tomar? _le ofrecí como todo buen anfitrión, aunque rara vez tenía visitas.
_No, muchas gracias.
_ ¿Por dónde quiere empezar?
_Por el principio, por supuesto. Sus razones son importantes para mí y luego…lo que usted ya sabe.
Cerré los ojos unos instantes, inspiré profundamente y comencé mi relato. Era justo lo que solicitaba y no me vendría mal descargar el peso que llevaba sobre mis hombros, por lo tanto decidí que era momento de hablar con la verdad y luego vería que sucedería.
“Hace muchos años yo creía tener todo resuelto: dinero, popularidad, poder, mujeres y muy pocos escrúpulos. La verdad es que no me importaba nada. Mi padre había arreglado un matrimonio con una señorita de sociedad y como eso me daba prestigio, status, acepte inmediatamente sin importarme los sentimientos de ella y sin pensar en los míos. Después de todo, con dinero en los bolsillos podía tener cuantas mujeres quisiera fuera del casamiento y sin que nadie se enterara, solo era cuestión de discreción, al menos eso era lo yo creía. Lo que nunca imagine fue que el día en que conocería a mi futura esposa, Enriqueta, también conocería a su hermana, Analia, y fue entonces cuando mis planes cambiaron .Analia era absolutamente distinta, una jovencita con un espíritu libre, hablaba sin prejuicios, le gustaba andar a caballo, pescar, leer…sobre todo libros que estaban poco recomendados para mujeres de su época, libros que hablaban de libertad, de política…parecía ser una adelantada a su época.”
Me detuve un momento para recordar, como si pudiera oler su perfume o ver su sonrisa y no pude evitar sonreír por unos instantes. La gitana me miro fijamente y vislumbre un cierto asombro y curiosidad por lo que continúe mi relato.
“Cuando llego el día del pedido de mano, no fue precisamente la de Enriqueta y eso provoco un verdadero escándalo familiar. El señor Alzaga, pariente cercano del conocido patriota, se puso como loco. Dijo que era costumbre en su familia pedir primero la mano de la hermana mayor y que Analia no tenía la edad suficiente para casarse, que los arreglos estaban acordados con anterioridad y que la muchacha se había ilusionado, que aquello resultaba un tremendo desplante y no recuerdo cuantas cosas más. Yo le dije que mis intenciones eran honestas, sinceras, y que le hablaba con el corazón en la mano, que jamás hubiera imaginado algo así y que pagaría cualquier precio por Analia, mi vida misma si así lo quería. Parece ser que se conmovió con mis palabras por lo que me propuso esperar dos años mientras sus hijas viajaban a Europa para visitar a su hermana y que, transcurrido ese tiempo, si mis intenciones aun no habían cambiado, aceptaría de buen grado. De esa forma, Analia tendría tiempo para madurar, educarse y decidir a conciencia. Por supuesto, yo acepte porque nunca en mi vida había experimentado semejante sensación, y no hablaba de atracción física solamente sino que Analia tenía un alma hermosa y anhelaba tenerla.
La situación con mi padre fue totalmente distinta, aunque resultaba evidente. Me grito en la cara que no quería saber nada de mí, que se sentía avergonzado, que solo un imbécil como yo tendría que esperar dos años por una mujer, y que los chismes de la gente arruinarían sus negocios. Una persona como él, un conocido comerciante, debía tener buena reputación y yo la había arruinado. Me desheredo, me repudio, me dijo que la vergüenza lo acompañaría siempre porque todo el mundo sabía de mis supuestas intenciones con Enriqueta y que lo mejor que pudieron hacer las muchachas era irse y esperar que todos olvidaran. Mi madre había muerto unos años antes y yo administraba sus posesiones, no eran muchas, pero asombrosamente mi padre había aceptado cedérmelas y con eso me bastaba. Nos comunicábamos por carta, ella me contaba sobre los lugares que había conocido, yo le comentaba lo que hacía en la estancia, mi trabajo con la peonada, las luchas que continuaban en el norte y así pasaron los años.”
La gitana suspiro y me dijo:
_Si tiene algo para tomar, lo acepto ahora. Semejante confesión amerita un trago fuerte, si no es molestia.
Le serví un vaso de whisky escocés y me deje caer en el sillón, como si me sintiese agotado, porque recordar implicaba un desgaste, una situación que no me gustaba compartir con nadie pero, evidentemente, esta mujer necesitaba saber.
“Los dos años pasaron lentamente y finalmente Analia regreso a Bs As .Tuvimos una boda discreta a la que no concurrió mi padre y obviamente, tampoco Enriqueta, quien permanecía en Londres conociendo a un pretendiente que su tía le había presentado en Paris. Nos mudamos a la estancia e iniciamos nuestra vida de casados. Fue una etapa muy dichosa para mí, debo confesar, un sentimiento de plenitud y pertenencia…por primera vez en mi vida no me importaba la gente, ni el dinero, ni el qué dirán ni nada. Podía ser yo mismo sin temores, compartir mis ilusiones, mis sueños, mis fantasías, la vida era fantástica, sencilla pero fantástica. Solo una sombra opacaba la dicha que sentíamos y, lamentablemente, no estaba a mi alcance la solución…”
Me puse de pie arrastrando los pasos como si me faltaran las fuerzas. Apoye la frente sobre el cristal de la ventana, tan frio como mi piel y observe a la distancia las luces de los coches que serpenteaban como luciérnagas en la noche. Había abierto mi alma después de tanto tiempo y se sentía extrañamente bien, aunque el más oscuro de mis secretos resultaba aterrador de pronunciar en voz alta. Aun allí, dentro de aquella habitación, la gitana parecía desconocer el tremendo peligro que corría en mi presencia, no obstante mi autocontrol largamente ejercitado tenía las riendas de mi vida.
_ ¿Qué era eso que tanto los afligía, si se puede saber?
“Hijos-confesé en voz baja_ la vida no nos regalaba hijos y aunque a mi aquello no me parecía tan importante entonces, para Analia si lo era. Siempre había soñado con una casa llena de risas, niños corriendo y jugando, la mesa larga, una familia grande pero los hijos no llegaban. Ella se culpaba, decía que estaba seca, como un árbol muerto”
_Y usted, ¿Qué le decía entonces?
“Que nadie lo podía saber, que podía ser yo, que a lo mejor yo no servía…pero ella se repetía que no, se disculpaba mes a mes cuando su periodo llegaba. Le repetí unas mil veces que dejara de contar, que simplemente viviera, que disfrutara, que Dios nos bendeciría algún día y sino, podría conseguir niños ¡Había tantos desamparados por esos días! La verdad es que hubiera hecho cualquier cosa por conformarla, así que intentaba mantenerla ocupada, colaborando con los chiquillos de la peonada, encargándole los mejores libros, hasta aprendí a tocar la guitarra!!!Pero, dejando eso de lado, éramos una pareja muy feliz, lo teníamos todo.
Hasta que un día me fui y no me vio mas. Viaje lejos a tierras extrañas y desconocidas para mí, me convertí en un monstruo sin alma lleno de remordimientos y con una sed de matar y matar que se me iba de las manos. La deje sola, desprotegida, pero lo peor de todo fue que no tuve tiempo de darle explicaciones ni de pedirle perdón de rodillas. Se habría sentido traicionada, abandonada, habría creído que no la quería lo suficiente, que la odiaba por no darme hijos ¡Que se yo lo que pensó! Y eso me atormenta, no me deja en paz de día ni de noche. Necesito explicarle lo que paso, confesarle que nunca la hubiera abandonado por propia voluntad sino que no pude evitarlo, que los años pasaron mientras yo permanecía en un cautiverio sin esposas ni cadenas. El destino me había elegido para vivir por siempre, para ver como todos continúan con sus vidas, nacen, crecen, forman sus familias, mueren y yo…siempre permanezco aquí, como el sol o la luna. Siempre vivo, si se puede decir que esto es vivir porque para mí esto es un eterno calvario. Todo el que me importa tiene que morir y yo debo verlo sin poder evitarlo. Tomo varios nombres, muchos nombres, distintas vidas, distintos lugares, distintas épocas y la vida sigue para mí como un tren sin destino. Hubiera preferido un millón de veces envejecer a su lado, en aquella estancia, en aquel microcosmos personal y fue mi culpa! Yo fui a su encuentro, yo lo conocí y nunca más volví. Deseaba tanto darle más, porque estaba convencido que con cosas materiales podría suplementar el vacio que sentía. Si de mi hubiera dependido le hubiera regalado el mundo, tanto así la quería así que yo fui a su encuentro y encontré mi desdicha y la de ella.”
La gitana permaneció mirándome en silencio como si estuviera compadeciéndome y puede ver en su rostro que de verdad me creía, después de todo le estaba abriendo mi corazón contándole lo más importante de mi. Sabía que hablar implicaba ser completamente sincero y tendría que continuar confesión, pero resultaba tan doloroso, tan inexplicable, que debía encontrar las palabras justas. Solo un nombre se me ocurrió para proseguir: Miguel.
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